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La primera vez lo vi aparecer entre los pajonales, como un rey después de una batalla. Estaba herido, su cuero tajeado, sangrante. A pesar de eso llevaba la cabeza alta y un andar tranquilo. Soberbio animal. Me enamoré. Lo conocí una mañana en la Sociedad Protectora de Animales de San Andrés de Giles adonde dos veces por semana limpiaba caniles, curaba, y alimentaba a los animales que allí vivian a la espera de que alguien los adoptara. Lo pusieron en uno de los caniles grandes, pero se entristeció tanto que pensaron que moriría. Quedó en libertad, pero el refugio se convirtió en su hogar.

 

Corsario era un perrazo. Lo llamé así por el perro de Julián, el protagonista de Los Galgos, Los Galgos. Era negro con una mancha blanca en el pecho y uno de los más grandes ejemplares de esta raza que he conocido. Soberbio, amable, con la seguridad y la tranquilidad del que se sabe líder. Cada tanto desaparecía. No dudo detrás de alguna perra en celo. Cuando llegaba a trabajar lo veía desde lejos echado, las manos juntas estiradas hacia adelante, esperando… ¿A mi? ¿Una caricia? Si no era así, yo se la ofrecía con felicidad. Me seguía durante todas mis tareas desde lejos, sin perderme jamás de vista. Los galgos son así. Si uno se mueve, ellos también lo hacen, pero mantienen una prudente distancia y desde allí, observan. Sentía que me cuidaba. El primer impulso fue llevarlo a casa pero tenia demasiados machos! Temí un desastre. Además no podía incorporar un solo animal mas a mi manada. Me consolaba pensando que allí estaba bien. Era su territorio y lo cuidábamos entre todos.

Llego el invierno. Me fui dos meses de viaje. Esas largas separaciones se me hacían cada vez mas difíciles. Dejaba esos ojos confiados y sentía traicionarlos. Pero ya una vez del otro lado del océano, adonde transcurría una parte importante de mi vida y de mi trabajo, me aseguraba cada tanto de que todos estuvieran bien e intentaba no pensar en ellos. El cerebro y el corazón como por arte de magia, activaban una especie de mecanismo bloqueador y así me impedían sufrir la lejanía. Dos días antes de mi regreso, sistemáticamente, volvían a mi memoria los adorados y húmedos hocicos y una catarata de recuerdos. A partir de ese momento contaba los minutos que me separaban de los saltos, ladridos, corridas y lengüetazos que generaba mi llegada. De nuevo juntos!

Dos días después de haber aterrizado en Argentina, llegué al refugio en el pueblo. Mientras entraba lentamente con mi camioneta al predio municipal adonde estaba ubicada la Sociedad Protectora, la ansiedad y la alegría me invadían. También el temor. Todos los que amamos y conocemos a los animales, sabemos de su vulnerabilidad. Mucho más en las circunstancias que aquí relato. Buscaba ansiosa una querida silueta negra . No la hallé. Bajé corriendo del auto y antes de siquiera de saludar, salió de mi garganta una especie de grito que no reconocí como mío: "¿Y Corsario?" Me contestaron, quizás ya acostumbradas a la idea, que había desaparecido hacia un mes y que esta vez no había regresado- “pero quizás todavía vuelva” agregaron . ¿Lo buscaron? ¿Alguien vio algo? ¿Pusieron carteles? Me miraron y supe que no, que nadie lo había buscado. La Sociedad Protectora alojaba mas de cien animales, y como en los hospitales de guerra, la emergencia era permanente. La resignación también. Corsario volvió a los dos días. No seré tan soberbia como para atribuir su larga desaparición a mi ausencia, pero lo cierto es que cuando lo vi salir de entre los pastizales, mi corazón estalló de alegría. Lo llené de caricias, sin reproches. En todo caso era él quien debía reprocharme a mi. Esta vez vendría conmigo. Como cuando estamos cercanos a perder alguien que amamos y la vida nos regala la posibilidad de recuperarlo, nos aferramos a el aun más y por un momento tomamos conciencia de nuestros actos con claridad. Así fue. No estaba dispuesta a arriesgar otra vez “a que volviera” . Todos los demás deberían adaptarse a este nuevo Integrante de la manada, que con certeza, seria el nuevo líder. Fue mas fácil de lo que pensé, creo que todos se dieron cuenta de lo que sentía por el y le abrieron paso, como las aguas. Compartimos la vida durante cinco anos. Su discreción me conmovía, su majestuosidad también. Llegaba en silencio, observaba, me seguía acompañándome durante mis tareas desde una prudente distancia. Era serio. Sus movimientos agiles, pero masculinos. Si buscaba una caricia, se acercaba y apoyaba el hocico sobre mi regazo con suavidad. Ese gesto duraba solo unos segundos. Luego se echaba y se quedaba mirando hacia el horizonte. Siempre me quedó la duda si acaso extrañaría sus viejas aventuras guerreras.

Cuando me fui de donde vivía, mientras me organizaba para que pudiéramos estar todos juntos, mis perros quedaron allí, cuidados y amados . Yo los visitaba algunas veces a la semana. Pero pasaron tres largos meses. Una mañana Corsario no despertó. Se fue en silencio, con dignidad, como era su costumbre. Y sin reproches. Lo enterré en la ventana de mi cuarto, a la sombra de una Catalpa. Sus cenizas me acompañaran a donde vaya.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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