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MI LUNA

May 17, 2018

 

 

Nos habían advertido que había algunas perras en celo seguidas por bandas de “machos” que andaban sueltas causando problemas en uno de los barrios más pobres de San Andrés de Giles, en la provincia de Buenos Aires. Como todos los miércoles, la veterinaria castraría a los perros y gatos que la gente del pueblo y los alrededores llevaría. Eran las siete de la mañana  y dos veterinarios de la sección de bromatología, a los que conocía sólo de vista, llegaron buscando algún voluntario para manejar la camioneta en busca de las perras en celo. La idea era castrarlas para  devolverlas a su lugar de origen, ya que en el refugio (del pueblo) era impensable alojar a nadie más. Estaba colapsado.  Con largos palos  con un lazo en uno de los extremos, se disponían a salir. Debo reconocer que la sola presencia de estas herramientas, que admito necesarias, me causaba una tremenda angustia.  Imaginaba un animal gritando de terror, atrapado en el lazo. Pero “es por su bien” me decíanpara tranquilizarme. Si mi pensamiento se animaba a volar un poquito más allá, imaginaba un mundo sin perros abandonados y sin necesidad de palos  y de terror. Pero en fin, estaba en mi país, la Argentina, adonde miles de animales deambulan por las calles enfermos, en busca de comida,  y mi objetivo era intentar solucionar esta situación con diferentes acciones. Por lo tanto “manos a la obra”, me dije. En general, los miércoles era el día enel que me quedaba en el refugio recibiendo y conteniendo a la gente y a los animales que esperabanpara ser operados y asistirlos una vez se despertaran de la anestesia. Pero ese día mi presencia parecía ser de más utilidad afuera de él y haciendo un esfuerzo por lo ingrato de la tarea que me tocaba, decidí ayudarlos. Nunca pude tolerar ver a un animal sufriendo a pesar de tener la certeza de estar haciéndolo por su bien. Entre saltos y polvareda los vecinos alertados por nuestra presencia nos mostraron el paradero de una de las perras, y sus seguidores. Al vernos, los perros se dispersaron corriendo por todos lados  y comenzó la cacería. En  un pequeño jardín, rodeado por un precario alambre y una casa con rajaduras y pintura descascarada,  flores marchitas y pasto largo, dos de las perras que se habían refugiado al fondo del jardín fueron capturadas. Mientras las llevaban hacia la camioneta, creí ver en un oscuro rincón de la galería algo que se movía. Me acerqué despacio, con algo de impresión. Enroscado en sí mismo, divisé un ser que se parecía a un perro, tirando a pequeño. Su cabeza, la veía en la penumbra, estaba completamente abierta, cubierta por sangre seca. Su cuerpo: pelado, con la excepción de unos pocos mechones que salían sin sentido de algunas zonas, llagado, sangrante. Cuando percibió mis pasos, levantó la cabeza y su mirada de terror ante mi presencia fue acompañada por un grito, como nunca había escuchado jamás en un perro. En ese momento me di cuenta de que no tenía ninguna posibilidad de acercarme más. Para ese entonces, los empleados de bromatología ya habían terminado con su tarea y se disponían a marcharse. Los alerté de la presencia de ese animal. Miraron de lejos y sugirieron dejarlo. Habían escuchado que en la casa, dormía  un hombre completamente borracho y maltratador y no sería bueno que nos encontrara allí. Impensable dejar a ese ser sufriente y sangrante en ese estado. Para algo hacía lo que hacía. No me iría sin “eso”. Me saqué el abrigo (era pleno invierno ), afortunadamente un “poncho” con el que suelo envolverme, y se lo tiré encima, cayendo yo después arriba de él o ella.  Gritos,  forcejeo, mordidas y terror. Até un nudo desesperada, conteniendo lágrimas de impresión y de dolor y me lo cargué al hombro hasta depositarlo en la camioneta. No volví a mirarlo hasta llegar a la protectora. Allí, la veterinaria, contratada por la Municipalidad para hacer las castraciones en el refugio, miró, y me aconsejó que no hiciera el esfuerzo por intentar recuperarla. Su cuerpo se encontraba en un estado de deterioro tal debido a la sarna, comido y abierto en mil pedazos, que sería prácticamente imposible salvarla. Decidí entonces llevármela esperando lo improbable, siempre envuelta en mi poncho, como impidiendo que se desintegrara. Llegué a casa en plena hora de la siesta, lo cual significaba que  el resto de la manada dormiría. Nadie se percató de mi llegada. Cada nueva presencia requería de un gran esfuerzo de integración y ciertamente no era el momento de preocuparme acerca de eso. Me dirigí directamente hacia el galpón, a pocos metros de la casa, llevando en brazos el “bulto” que pesaría unos seis kilos. Sentada en el piso, en la penumbra del galpónsusurré durante largo tiempo, puras incongruencias. Pasaron los días y ese “ser” lastimado, que resultó ser hembra y que fue bautizada con el nombre de Luna, vivía como un preso en un calabozo de máxima seguridad, comiendo lo que le alcanzábamos en la semioscuridad .  La agarrábamos sólo para hacerle baños con Azadieno mientras ella gritaba aterrorizada. Pasaron los días y los meses, hasta que una  mañana de primavera, Luna levantó la mirada.  Sus pupilas dilatadas delataban el  miedo y  la desconfianza, pero ese instante me bastó para saber que las heridas de su cuerpo y las de su alma cicatrizarían. Su cuero marcado, se fue cubriendo de un pelo que llegaría a ser negro y sedoso.  Como por arte de magia, su cuerpo, fue coronado por una larga y tupida cola de zorro.  Caminaba, olfateaba, y reconocía de a uno al resto de sus compañeros. En ese entonces eran doce los rescatados, en su mayoría galgos, y Ombú, mi labrador chocolate, el único que nunca había conocido el dolor y el abandono.  Día a día,  Luna progresaba y se aventuraba por todos los rincones del galpón. Jugaba con el resto, pero su osadía se detenía en el portón. Al atardecer, nos veía partir agitando nerviosamente su cola de zorro, sin animarse a dejar su refugio. Una noche decidimos dejar a Amapola para que le hiciera compañía. Amapola era una galga rescatada en la ruta, negra, oscura y testaruda que había criado a miles de cachorros (suyos y ajenos). Algo me decía que ella podría hacer algo por Luna. Allí quedaron las dos recostadas en cómodas mantas.

A la mañana siguiente abrimos la puerta del galpón. Detrás de Amapola, Lunita apoyaba una mano con delicadeza y olfateaba desconfiada, investigando, luego apoyaba la otra, y así, lentamente, avanzaba hacia su libertad, nerviosa, inspeccionando su nuevo y vasto territorio. Pasaron ya cinco años de ese día.  La acaricio cuando ella lo decide y hemos compartido noches enteras, abrazadas. El terror esta allí, latente ante la mínima amenaza; pero su alegría es contagiosa. Corre, juega, investiga, caza por todo el territorio. Más tarde, la naturaleza, en busca de ese equilibrio universal, convertiría a Ombú, mi mimado e inocente labrador, el único que jamás conoció el hambre y el maltrato,  y a Luna, en inseparables amigos. 

 

 

 

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